Parecía que el mundo se había colapsado sin tus ojos. Una especie de sentimiento inerte se apoderó de mi cuerpo, no sabría explicarlo, sentía que si me pinchaban en ese momento no sangraría. El eco de tu ausencia resonaba en mi cortex cerebral como si de algo intangible se tratara, y mi piel perdió la sensibilidad. Todas nuestras canciones gritaban agonizando en el medio del caos, recordándome que no volverías.Dejaron de caer lágrimas por mis mejillas, no sé muy bien si porque las agoté todas aquella tarde, o porque una parte de mi, esa que se esconde tras la ropa, se hubiera negado a asumir que todo había ocurrido. Te habías ido de puntillas y solo me había percatado cuando escuché el portazo.
El estruendo de todas las cosas que ya no haríamos nunca, de todas las cosas que habían quedado por decir, amenazaba con estrellarse contra mi pecho como en un nuevo 11S. Pasaban las horas y mi subconsciente se volvió consciente de que todo se había derrumbado bajo nuestros pies. - Debería haberla besado una vez más - Pensé.
Recordé como horas antes habíamos estado en su coche, ella reía y yo la miraba, mis manos eran el polo negativo del imán de nuestras pieles, y su espalda el folio en blanco sobre el que había grabado mis palabras pocos instantes antes. Nos dijimos adiós con un beso, con un beso como siempre, como nunca, como si fuera a haber millares más, como si nunca fuéramos a echarnos de menos. Y salí del coche.
Si hubiera intuido lo cerca que estaba el fin, qué distinto hubiera sido ese último beso, cuánto más eterno, cuánto más profundo. Pero el reloj se nos paró a la hora de la despedida, y tú, yo y las caricias que compartimos dejaron de ser reales.
Entonces, cuando con el paso de las horas entendí que nada había sido un sueño y estaba al borde de sentir el agudo dolor de la aceptación bajo mi piel, solo entonces, ocurrió. De repente, como de recién llegada sin esperarte, volviste, y de un beso, como en un nuevo Big Bang, me devolviste a la vida.
Una vida llena de ojalás.
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