Sigo creyendo que somos nuestro peor enemigo. Nadie mejor que nosotros para mentirnos, para engañarnos, para traicionarnos y arrancar los últimos jirones de piel que hayan dejado otros. Nadie mejor que nosotros para destrozar brújulas y sueños y lastrarnos con nuestra más hostil humanidad. Para aferrarnos a la incapacidad de nuestros actos, a la inestabilidad de nuestros pasos, a la inmoralidad de un pensamiento.
La melancolía se ha adueñado de mi razón y del pasar de mis días. La nostalgia de una idea, de un gérmen imbatible que se alimenta del deseo que provoca, termina poco a poco por abofetearme con proporcional lentitud e intensidad; dudo si es verdad que son los años, los daños o el mismo sentir que me domina.
Queda luz, y quedan días.
No hay comentarios:
Publicar un comentario