Una envidia que pudre mis argumentos me ha alejado años luz de mis ganas de abrazarte, esa envidia corrosiva de quien compara un gigante con una mosca, y todos los fantasmas.
He intentado sobreponerme, de veras, relativizar para separarme de los recuerdos, para abrir los ojos y volver a mirarme como antes, como nunca. He intentado olvidar aquel refuerzo positivo que me mueve por impulsos, respirar y pasar de potencia a acto, de silencio a caricia.
Supongo que cometí el error de pensar que tu sonrisa era la prueba evidente de que tu vida había retomado el rumbo, de que al fin la felicidad había llamado a tu puerta, mientras el dolor había llamado a la mía. Sin darme cuenta de que tú también llorabas. Pero en todo este bucle de pensamientos grises ni si quiera me di cuenta de cuantos pasos había dado en dirección contraria a tu cuerpo; le di la mano a mi instinto de huida intentando anestesiar los días y las horas.
Y ahora que te has ido me arrepiento. Y ahora que no existe analgésico porque no puedo escapar de mi propia mente, tomo aire, respiro el humo, me quito la ropa y sueño con despertar en otro tiempo y en otra ciudad, donde poder aplacar mis miedos y aguantar tu mirada.
Ya sabes que te quiero. Pero ahora solo puedo odiarte.

No hay comentarios:
Publicar un comentario