miércoles, 21 de noviembre de 2012

Bajo la piel.


A veces me pregunto por qué no dejas de doler, por qué tu piel no da tregua al tiempo, y se empeña tu recuerdo en aparecer en todas las canciones que hablan de nuestros parques. Por qué el aire me sabe raro si me falta tu sudor, y aún permanece en algún lugar de mi mente ese sonido que hacías al pestañear. Por qué nuestros bolsillos se vaciaron de promesas y posibles, y algo se rompió entre tu boca y la mía, y no quedaron puntos de sutura para reparar los descosidos. Los kilómetros son solo una trampa en todos los años luz de distancia que nos separan. Si al menos hubiera podido quedarme entre tu pelo, enredada, antes de que embarcaras. A veces me pregunto si habrás probado otras bocas, si su sabor te habrá recordado a mi con nostalgia, si aún tomas chicles de clorofila.
Vienen ahora a mi memoria los mensajes que pintamos en nuestras pieles, la vida que corría en las revoluciones de tu coche, el viento que golpeaba nuestra cara, lo poco que nos importaba el resto de las vidas, y aunque tu no lo sepas me he inventado tu nombre.
Yo era una fugitiva del bien y del mal, y tu mi acompañante. Tus buenas formas y tu decoro me daban esa cordura que me faltaba, y tu sonrisa llenaba mi mundo de dientes. Hicimos de tu cama un fuerte y pasó la primavera por nuestros labios. Adentrándonos en lo desconocido, dejé que tus lunares fueran mis puntos cardinales, y tu nuca el horizonte.
No, esto no es una autopsia de lo que fuimos. Tan solo quería decirte que si quieres, a mitad de viaje, puedes hacer escala en mi jersey, y pasar bajo él el invierno.
No, no olvido que esta obra ya ha terminado, que le hablo a un teatro vacío. Es solo que yo no te he olvidado, creo que ni si quiera lo he intentado. Es solo que yo me muerdo las lágrimas y tú no dejas de doler. Es tan solo, que sentía que esta vez - para siempre - duraría un poco más.

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