Todos tenemos una serie de etiquetas que conforman el tipo de personas que somos a los ojos de los demás y, a veces, a los nuestros también. Las hay grandes, las hay ENORMES, otras son más pequeñas, otras son invisibles incluso a nuestros propios ojos… Pero todas ellas están ahí, persiguiéndonos cual tormento o irguiéndose en nuestro pecho, orgullosas.
Lo curioso de estas etiquetas es que las que te han sido impuestas externamente suelen ser de colores llamativos, con letra marcada; Arial Black sobre un rojo vibrante, un verde brillante o tal vez un amarillo histérico. Una puesta en escena que te obliga a pararte sobre ellas, que te impele a darlas por ciertas; sin embargo, aunque lo pueda parecer, no son las más peligrosas. La trampa mayúscula son las etiquetas invisibles, tanto las que sólo lo son para los demás, como las que sólo lo son para ti. Alguien que camina sin saber lo que lleva encima es como un saco de granadas con las anillas flojas, ya no digamos si es él mismo quien se va cargando sin saberlo.
Y aquellas que nadie ve… Oh! , esas; esas son las peores. Son como llevar una araña en la espalda y que nadie te diga “¡Oye, tú! ¡Mira lo que llevas ahí detrás! Sacúdetelo antes de que te haga daño”. Y realmente nadie te lo dice porque nadie se ha percatado de que eso está ahí. Entre tanto, la arañita manipula los hilos de tu camisa a su antojo y lo único que tú notas es que hay días que te aprieta más de lo habitual, más de lo debido, mientras que otros días necesitarías meterle un poco de tijera porque te viene grande. ¿Y la gente que hace? En vez de preguntarse qué le pasa a tu camisa se preguntan por qué te vistes así. Los que se preocupan por ti incluso te ayudan haciéndote el inmenso favor de decirte como tienes que vestirte, según su criterio claro, ya que sólo desean tu bien. Esa gente suele ser buena, honesta, pero ciega al fin y al cabo.
Por eso es vital desarrollar la visión; pero la propia, no la ajena. Así si te equivocas podrás echar la culpa a tus ojos y sólo a ellos. Y ese desarrollo comienza por cerrar los ojos físicos, que no hacen más que confundirnos con colores llamativos y tipografías grandilocuentes. Hay que mirar más allá de todo eso, o mejor dicho, más acá, porque hasta que no veas lo que tienes encima no podrás ver lo que tienes en frente, y está claro, que en tu océano sólo puedes bucear tú.
Lo curioso de estas etiquetas es que las que te han sido impuestas externamente suelen ser de colores llamativos, con letra marcada; Arial Black sobre un rojo vibrante, un verde brillante o tal vez un amarillo histérico. Una puesta en escena que te obliga a pararte sobre ellas, que te impele a darlas por ciertas; sin embargo, aunque lo pueda parecer, no son las más peligrosas. La trampa mayúscula son las etiquetas invisibles, tanto las que sólo lo son para los demás, como las que sólo lo son para ti. Alguien que camina sin saber lo que lleva encima es como un saco de granadas con las anillas flojas, ya no digamos si es él mismo quien se va cargando sin saberlo.
Y aquellas que nadie ve… Oh! , esas; esas son las peores. Son como llevar una araña en la espalda y que nadie te diga “¡Oye, tú! ¡Mira lo que llevas ahí detrás! Sacúdetelo antes de que te haga daño”. Y realmente nadie te lo dice porque nadie se ha percatado de que eso está ahí. Entre tanto, la arañita manipula los hilos de tu camisa a su antojo y lo único que tú notas es que hay días que te aprieta más de lo habitual, más de lo debido, mientras que otros días necesitarías meterle un poco de tijera porque te viene grande. ¿Y la gente que hace? En vez de preguntarse qué le pasa a tu camisa se preguntan por qué te vistes así. Los que se preocupan por ti incluso te ayudan haciéndote el inmenso favor de decirte como tienes que vestirte, según su criterio claro, ya que sólo desean tu bien. Esa gente suele ser buena, honesta, pero ciega al fin y al cabo.
Por eso es vital desarrollar la visión; pero la propia, no la ajena. Así si te equivocas podrás echar la culpa a tus ojos y sólo a ellos. Y ese desarrollo comienza por cerrar los ojos físicos, que no hacen más que confundirnos con colores llamativos y tipografías grandilocuentes. Hay que mirar más allá de todo eso, o mejor dicho, más acá, porque hasta que no veas lo que tienes encima no podrás ver lo que tienes en frente, y está claro, que en tu océano sólo puedes bucear tú.

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