No te gusta la oscuridad, pero no dejas a nadie encender la luz, ¿por qué? ¿Qué te pasa en la cabeza? ¿Qué te pasa en el corazón? ¿Y en el alma? ¿Qué pretendes con ello? No sé lo que esperas conseguir así, pero te puedo asegurar casi al 100% que al final lo que tendrás es una habitación con los cristales tintados y los demás ya no querrán encender esa luz, porque no saben lo que hay detrás del cristal y puede que no quieran saberlo nunca.
¿Es eso lo que quieres? ¿Cristales tintados? Cierto es que dan un toque de elegancia, de distinción, de exclusividad, pero sabes tan bien como yo que la exclusividad no existe, es sólo un concepto vacío, como tantos otros. ¿De qué te sirve? ¿Por qué quieres ser distinta a los demás? Sabes que eso es imposible. Además, sólo por el hecho de existir ya eres distinta a todos los demás, a todas las demás. Cierta marca francesa tiene como eslogan una frase que plasma con bastante fidelidad la realidad humana: “Je suis moi et aussi toutes à la fois”. Todos somos diferentes pero a la vez iguales, es algo inherente a todas las especies; cada individuo es único, irrepetible, pero los humanos no queremos aceptar que todos pertenecemos a una misma raza. Nos jode ser predecibles. Tenemos esa puñetera fijación por diferenciarnos a toda costa. Lo más absurdo de todo es que buscamos diferenciarnos copiando a otra gente... parece cuanto menos un chiste, pero no; el borreguismo no entiende de ironías.
Volviendo a la oscuridad, ¿cuánto tiempo más quieres estar allí? ¿Tienes algún plan o estas dejando pasar el tiempo hasta que alguien venga a romperte los cristales y a llevarte en brazos bajo el sol de la Toscana? No esperes, es un consejo. La paciencia eterna desgasta. Si yo fuera tú intentaría cambiar algo, pero por mí misma, sin necesidad de que nadie me salvase. No tiene que ser un gran cambio, es obvio que no vas a arreglarte la vida en un pestañeo. Hablo de cambios pequeñitos: una sonrisa un lunes, ponerte rímel en las pestañas solo para ir a comprar el pan, un “buenos días” a ese vecino tan rancio que nunca te ha dirigido la palabra... El tipo de cosas que la sociedad ve absurdas e inútiles, pero que muchas veces son tan necesarias como respirar. ¿Acaso crees que todas las personas que veas ese lunes pasarán por alto tu sonrisa? ¿De verdad piensas que la panadera no se dará cuenta de que hay algo diferente en ti? Y, ¿qué me dices de tu vecino? ¿Alguna vez te has molestado en averiguar por qué es tan serio? Puede que él opine lo mismo de ti y le rompas los esquemas con tu “buenos días”, las apariencias pocas veces suelen encajar con la realidad. ¿Lo ves? Estos insignificantes actos provocarán cambios en tu entorno, pequeños, sí, imperceptibles si los miras con prisa, pero ¿quién te dice que una de estas pequeñas variaciones no va a derivar en algo más, en algo grande? Si no lo intentas nunca lo sabrás.
Ya lo dijo alguien llamado Albert, “La locura es esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo”. ¿No te parece que tenía razón?
¿Es eso lo que quieres? ¿Cristales tintados? Cierto es que dan un toque de elegancia, de distinción, de exclusividad, pero sabes tan bien como yo que la exclusividad no existe, es sólo un concepto vacío, como tantos otros. ¿De qué te sirve? ¿Por qué quieres ser distinta a los demás? Sabes que eso es imposible. Además, sólo por el hecho de existir ya eres distinta a todos los demás, a todas las demás. Cierta marca francesa tiene como eslogan una frase que plasma con bastante fidelidad la realidad humana: “Je suis moi et aussi toutes à la fois”. Todos somos diferentes pero a la vez iguales, es algo inherente a todas las especies; cada individuo es único, irrepetible, pero los humanos no queremos aceptar que todos pertenecemos a una misma raza. Nos jode ser predecibles. Tenemos esa puñetera fijación por diferenciarnos a toda costa. Lo más absurdo de todo es que buscamos diferenciarnos copiando a otra gente... parece cuanto menos un chiste, pero no; el borreguismo no entiende de ironías.
Volviendo a la oscuridad, ¿cuánto tiempo más quieres estar allí? ¿Tienes algún plan o estas dejando pasar el tiempo hasta que alguien venga a romperte los cristales y a llevarte en brazos bajo el sol de la Toscana? No esperes, es un consejo. La paciencia eterna desgasta. Si yo fuera tú intentaría cambiar algo, pero por mí misma, sin necesidad de que nadie me salvase. No tiene que ser un gran cambio, es obvio que no vas a arreglarte la vida en un pestañeo. Hablo de cambios pequeñitos: una sonrisa un lunes, ponerte rímel en las pestañas solo para ir a comprar el pan, un “buenos días” a ese vecino tan rancio que nunca te ha dirigido la palabra... El tipo de cosas que la sociedad ve absurdas e inútiles, pero que muchas veces son tan necesarias como respirar. ¿Acaso crees que todas las personas que veas ese lunes pasarán por alto tu sonrisa? ¿De verdad piensas que la panadera no se dará cuenta de que hay algo diferente en ti? Y, ¿qué me dices de tu vecino? ¿Alguna vez te has molestado en averiguar por qué es tan serio? Puede que él opine lo mismo de ti y le rompas los esquemas con tu “buenos días”, las apariencias pocas veces suelen encajar con la realidad. ¿Lo ves? Estos insignificantes actos provocarán cambios en tu entorno, pequeños, sí, imperceptibles si los miras con prisa, pero ¿quién te dice que una de estas pequeñas variaciones no va a derivar en algo más, en algo grande? Si no lo intentas nunca lo sabrás.
Ya lo dijo alguien llamado Albert, “La locura es esperar resultados diferentes haciendo siempre lo mismo”. ¿No te parece que tenía razón?
Me has hecho sonreír, Ivy, felicidades. La diferenciación reside en cada uno y es cualidad ineherente, qué pena que la mayoría no lo vea.
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