
Cerró de golpe el baúl de su memoria, dejando que le abofeteara una vez más el aire que salió de éste al dar tal portazo. Dejó dentro cada recuerdo, cada abrazo, cada canción, cada momento, cada caricia, cada beso, cada vez que hicieron el amor, cada discusión, cada segundo. Cada echar de menos.
Era consciente de que la única manera de ir hacia delante, en ese instante, era dejar atrás lo que ya no le iba a acompañar, pero se permitió una vez más que ese frío invernal recorriera cada terminación nerviosa de su cuerpo, dando rienda suelta a esa loca cabeza que decidió soltar una lágrima, tan salada que fue marcando surco según resbalaba por su cara. Bendita inocencia del transeúnte cuando le vio caminar de espadas, pues él se negaba dejar atrás nada y el hombre pensó que el viento le despeinaba.
Llevaba en su bolsillo derecho un carrete sin gastar, dispuesto a plasmar todo lo que se pusiera por su camino, y en su bolsillo izquierdo, entre sus dedos aferrado, uno para revelar, pues es bueno perdonar, pero jamás se debe olvidar.
Por eso sabía que lo que ahora daña, con el tiempo será la cura, de cometer tantos errores, tantas decepciones, tantas desilusiones.
Vamos a contar hasta diez, se susurró, y antes del siguiente parpadeo, habré empezado de cero.
Pues si eso es tan sencillo, me lo apunto, y a otra cosa. A cerrar el baúl y abrir alguno nuevo.
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